Una vision desde el inicio de los años 90 del siglo XX

Un futuro para las etnias en América Latina: una vision desde el inicio de los años 90 del siglo XX

José del Val

La catástrofe futura

Existe un mito cosmogónico de los mayas yucatecos contemporáneos, recogido recientemente, que dice:

Cuando llegaron los españoles había un gran Rey llamado

Juan Tutul Xiu (que es un personaje que existió en

realidad), que se fue al Oriente por un camino

subterráneo, cuyo comienzo está en Tulum, y que

continúa debajo del mar. Este rey está al tanto de la

conducta de los mayas; si se entregan a los invasores,

hará que dios ponga una cortina negra delante del sol,

causando la destrucción del mundo. Pero si algunos

logran mantenerse separados de ellos o por lo menos en

alianza con extranjeros que sepan leer los jeroglíficos

antiguos, entonces Juan Tutul Xiu retornará del Oriente

para reinar entre los suyos (Monjarás Ruiz 1987:73).

Aunque hasta la fecha ha sido imposible descifrar los jeroglíficos antiguos, los mayas se han mantenido separados del invasor; han resistido. Si esa resistencia es producto de una terquedad cultural que alcanza el medio milenio o es resultado del insuficiente desarrollo del sistema capitalista en el sureste mexicano no es hoy el asunto fundamental. El hecho es que ni han desaparecido, ni el sol ha sido escondido detrás de una cortina.

Tal vez lo más importante es su inquebrantable conciencia de la diferencia. Hoy, todos lo sabemos bien, los mayas viven, en su inmensa mayoría, en la más lamentable de las miserias, con una sabiduría profunda de su entorno cotidiano y con un desconocimiento gigantesco de su inserción en el México y el mundo contemporáneos. Ni ellos ni nadie han podido descifrar esos jeroglíficos antiguos: no obstante, son el testimonio pétreo de su diferencia y de sus raíces. Más que su valor literal, su fuerza cohesiva radica en su valor de sentido: significan. Su indescifrabilidad permite a los mayas que su valor de sentido vaya asumiendo los retos que cada momento histórico les ha ido exigiendo. Los retos de hoy, como los de siempre desde por lo menos hace 500 años, son las incertidumbres del futuro.

Al igual que los mayas, la inmensa mayoría de las comunidades étnicas en nuestra América se enfrentan a los vaticinios de extinción reiterados hasta la saciedad por los estudiosos …, pero persisten las otredades.

Si reflexionamos con apasionamiento y seriedad, nos daremos cuenta que los ríos de tinta gastados en intentos por explicar su permanencia no son suficientes: algo de magia, de la que todos ellos participan, debe tener que ver en la explicación cabal de su resistencia y, por lo tanto, de su futuro.

La emergencia de los sujetos étnicos

Yo no conozco ni me creo capaz de participar de su magia, mucho menos intentaría descifrar sus jeroglíficos. Por lo tanto, me apego a la información que en los dos últimos decenios se ha venido produciendo por todos los rincones de nuestra América –en algunos países más que en otros– de manera generalizada. Esto es, la emergencia definitiva de los sujetos étnicos. Surge entonces la pregunta: ¿entonces no han estado aquí siempre? (1)

Trataré de dar una pequeña explicación para el caso mexicano. Desde los albores del México independiente, cuando la utopía de construir la nación involucraba a las mentes más lúcidas de nuestro territorio, el “problema indio” fue uno de los fuertes dolores de cabeza de estos próceres criollos. En una reciente recopilación de la presencia del indio en la prensa nacional de México, desde 1805 hasta 1899, se da cuenta de esta jaqueca criolla.

Las formas de enfrentar el problema indio eran las comunes: consenso y represión: es decir, la iglesia o el ejército. Los varones de nuestra Reforma, presididos por el indio Juárez, decidieron borrar la categoría de indio, se prohibió en las cámaras su sola mención y durante unos años dejó de existir la categoría indio, con sus problemas específicos.

El acoso extranjero fue tan fuerte y sistemático durante ese período que la historiografía nacional eludió la presencia de los indios y su acción; o lo más, se hizo notar que algunos grupos de la población rural participaban de algo que podríamos denominar el “síndrome de Tlaxcala”, es decir, esa incomprensible alianza entre los indios y grupos invasores contra los detentadores del poder en la nación que fue recurrente desde los inicios de la conquista (2).

La larga dictadura de otro indio, Porfirio Díaz (éste mixteco y no zapoteco), disminuyó la acción de los indios por la vía militar; la paz porfiriana sólo pudo ser violada por la Revolución. “La indiada” –como se le llamaba– fue la carne de cañón de esa brutal década en la que 1,000,000 de muertos, 10% de la población de ese momento, sembraron las semillas del México contemporáneo.

Los indios exigían y exigieron su parte de la nación; aun siendo mayoría en ese momento no aspiraban a una nación india. Creyeron que los mestizos y criollos de las ciudades entregarían las tierras a las comunidades y se acabaría la explotación brutal de la que eran víctimas y que había sido una de las causas fundamentales de la Revolución Mexicana: no fue así, pues si bien algo de tierra se les repartió, también se les repartió bala.

No obstante, el “problema indígena” (como se empezó a llamar) fue identificado por los lúcidos pioneros de la antropología mexicana como el freno fundamental a la occidentalización de México. Con esto no me refiero a uno de los términos de esa dicotomía falaz, mundo indio-mundo occidental, que permea muchas de las discusiones antropológicas de la última década: me refiero precisamente a esa terca visión evolucionista que los europeos han cimentado en las conciencias de muchas generaciones de no europeos, de que si los imitamos, si aceptamos su visión del mundo y su cultura como la cultura universal, al final (todo es simple cuestión de desarrollo) todos seremos como ellos, gente bien, alta, blanca, de ojos de colores y rodeada de artefactos que facilitan un consumo ilimitado de bienes.

Esa terca visión europeizante que elude que la igualdad de ellos, que la prosperidad de ellos, se basa en nuestra desigualdad y nuestra miseria, elude, al mismo tiempo, que esas pequeñas islas de seudo prosperidad que son los pequeños sectores urbanos privilegiados de América Latina, no significan mucho en el inmenso mar de la miseria de nuestra América.

Para inducir esa occidentalización, nuestros pioneros, con el gran Manuel Gamio a la cabeza, acompañado por Moisés Sáenz y Miguel Othón de Mendizábal, seguidos por Alfonso Caso y Julio de la Fuente y continuados por el maestro Gonzalo Aguirre Beltrán, iniciaron ese inmenso movimiento continental llamado indigenismo: un cúmulo de acciones e instituciones que permitirían la incorporación del indio a las tareas nacionales, a la forja de la patria, a la construcción de naciones homogéneas de una sola cultura … se enfrentaron a una insoluble contradicción.

Si bien declarativamente el respeto por las culturas indígenas era y ha sido el sustento de la acción indigenista, la práctica demostraba y sigue demostrando que uno de los efectos fundamentales de tales estrategias sobre los grupos indios era la deculturación, con el atroz agravante de que ni siquiera los métodos garantizaban mejores condiciones para los indios: simple y sencillamente dejaban de ser indios y seguían en la misma miseria. Contradicciones insolubles entre la inducción a la nacionalidad y el respeto por la diferencia.

A la luz de los últimos decenios, podemos afirmar, con cierto grado de precisión, que existía en el paradigma indigenista un error, una ausencia que transformaba en abstracto el sujeto de la acción indigenista; fue éste el precio de los sesgos culturalistas.

De acuerdo con esta teoría, que se sustenta en la noción de área cultural (3), se regionalizó el país, se agruparon en el papel las múltiples comunidades de indios como grupos étnicos, y se empezaron a instalar los centros coordinadores de la acción indigenista.

Al margen de las férreas estructuras del desarrollo económico del país, que explican muchas imposibilidades de este indigenismo, existe otra razón fundamental donde los recipiendarios de la acción indigenista no respondían a esta acción “adecuadamente”; si se les llevaban médicos ni caso les hacían, o pasada la novedad de su llegada y sus métodos, los indios regresaban a su terapéutica tradicional; si se les llevaban agrónomos, era tal el cúmulo de tecnología que requerían para sembrar maíz que poco después volvían a sus métodos tradicionales, los tractores que vinieron después fueron abandonados en el campo, la educación la sustituían por el trabajo, y así podemos enumerar una lista interminable de respuestas no esperadas que, en muchos casos, ha agotado la acción indigenista y en otros muchos también a los indígenas. Sería falso aceptar que esta falla se debe sólo a la falta de continuidad de la acción indigenista. En muchos casos, la ha habido por 40 años y los resultados son los mismos.

Uno de los problemas que los indigenistas diagnosticaron fue la ausencia de una organización ad hoc para recibir los beneficios de la acción de los centros coordinadores. Se hicieron esfuerzos por organizar a los indios y el problema fue pautado por el mismo paradigma culturalista: los intentos de organización de los indígenas no producían los efectos esperados.

Si los indígenas se organizaban por sí mismos, la lógica de esa organización y las acciones correspondientes no encajaban con la acción indigenista, se iban por otros caminos, principalmente hacia rutas francamente anticulturalistas; quedan y luchaban por la tierra, por la justicia, por la libertad, por el respeto a sus organizaciones y a su forma de hacer las cosas. En estos casos, la acción de los institutos indigenistas se vaciaba de contenidos o se declaraba impotente; en el mejor de los casos, participaba del coro de las denuncias y en los primeros auxilios después de la represión.

En paralelo a esas organizaciones de base, se crearon organizaciones oficiales de indios: consejos supremos por grupo étnico que representaban y representan entidades lingüísticas sin comunicación entre sí y que, atenuando sus demandas con la mediación vergonzante de algunos indigenistas, enfocaron sus necesidades hacia problemas de índole cultural: educación, música y, en los casos más radicales, la enseñanza bilingüe.

Si bien estas organizaciones existen y han desempeñado algún papel, no satisfacen los deseos de liberación de los pueblos indios; no podrían pasar de ser, en el mejor de los casos, ministerios de educación indígena. Este tipo de organizaciones, por su ineficacia y, en términos generales, su falta de representatividad, han obligado a sectores indigenistas a desenvolver una nueva versión indigenista denominada de “participación”, que ha tentado a algunos a encontrar en ella la solución al problema.

Lo grave de este espejismo es que incitaría a concluir rápidamente sus postulados, entregando los cascarones burocráticos del indigenismo a los representantes indios creados artificialmente por ellos mismos, sumiendo al movimiento indígena en el letargo burocrático y siendo la justificación de toda represión a cualquier intento de organización indígena independiente.

Empero, en los últimos dos decenios, al fragor de la profunda crisis en que están sumidos nuestros países, han surgido –como flores en primavera– organizaciones indígenas independientes, de carácter francamente político. Sus demandas son múltiples: tierra, respeto a la organización tradicional, justicia, respeto por el uso sistemático de su lengua y su implantación como sistema de comunicación regional, recursos para el desarrollo de su cultura, en fin, han surgido para quedarse los sujetos étnicos, que están obligando a los estados nacionales a respetar su representatividad para ser los interlocutores de la acción indigenista. No están interesados en obtener oficinas y puestos … quieren más, mucho más.

No considero que estas nuevas circunstancias cancelen la acción indigenista. Sin embargo, sí se requiere una acción indigenista de nuevo cuño, que no planee regiones y construya organizaciones, que sea la correa de transmisión a toda la sociedad de las demandas globales de los grupos diferenciados; una acción indigenista que, de manera sistemática, cuidadosa y paulatina, entregue –porque así se le exige– en las verdaderas organizaciones de indios la responsabilidad de la acción y las transformaciones. Una acción indigenista que tienda a disolverse no a perpetuarse, que vislumbre su desaparición como institución, si de verdad intenta la mejoría de las condiciones de los sujetos étnicos, de los pueblos indios, de las minorías diferenciadas. Una acción indigenista que se atreva a ver con claridad que su desaparición es su triunfo.

Ahora bien, existen los sujetos étnicos que obligan a este nuevo indigenismo, y existe en las conciencias de los indigenistas esta situación. La pregunta es: ¿está preparada la nación como un todo para asumir estas circunstancias?

En el caso de México, la respuesta es: hasta el momento, no, no lo está. Esta gente, estas organizaciones, los indios, están pidiendo al resto de sus compatriotas la parte de la nación que por legitimo derecho les corresponde; no la quieren toda, sus reivindicaciones de grupos diferenciados implican el reconocimiento de otras posibilidades de diferencia. No quieren –como nunca han querido– una nación india; quieren una nación democrática, en la que los grupos diferenciados encuentren acomodo en la actual situación nacional. No aspiran a falsas democracias para individuos iguales, se saben diferentes, se asumen diferentes, aspiran a una nueva democracia, a una democracia americana. La nación india la reconocen como una falacia conservadora, que si bien puede ser expresada por algunos grupos con base en dudosos títulos ideológicos de propiedad, no es el sentir y la acción de las organizaciones en lucha.

Esto, que en justicia es elemental, plantea problemas de compleja solución. Nuestras naciones, la mayoría de ellas, están constituidas a imagen y semejanza de las naciones europeas decimonónicas; son todas indivisibles y jerarquizadas, constitucionalmente pautadas para no reconocer más que ciudadanos iguales, en las mismas condiciones, con la misma lengua, la misma cultura y las mismas aspiraciones. Comparándolas con nuestras realidades americanas debemos asumir que las nuestras son falsas naciones, que no cumplen los requisitos de esa abstracta y terca noción de nación.

Y aquí esta el otro problema crucial: el problema indio (1821-1920), el indigenismo (1920-1960), la cuestión étnica (1960-1980), los sujetos étnicos (1990), cuestionan la estructura nacional y retan a sus compatriotas a la reformulación de la nación.

No puede negarse el gran esfuerzo de imaginación que se está llevando a cabo en América con base en la lucha de los pueblos indios, que empieza indudablemente en la Nicaragua sandinista con el Estatuto de Autonomía de la Costa Atlántica; continúa en la nueva Constitución brasileña, que en su aspecto medular reconoce la territorialidad de los grupos étnicos amazónicos y pone en manos del Congreso brasileño todo asunto relacionado con ellos –arrancándolo del control del Ejecutivo–; que de manera más tenue tiene repercusiones en el Reglamento General de Educación en Ecuador, en el que se crea una Dirección de Educación Indígena que debe ser ocupada por indígenas exclusivamente; y repercute asimismo en Bolivia, Perú, Honduras, Colombia y México, donde han reverdecido o se inician nuevos proyectos de reconocimiento de las minorías étnicas en los textos constitucionales.

Gato por liebre

Debemos congratularnos de estos procesos, aunque debemos estar también muy alertas. Obligados por el aniversario que nos convoca, nuestros estados nacionales apresuran modificaciones para adecentar su rostro indígena y aquí se corre el peligro del maquillaje, evitar que se trate sólo de pagar una pequeña cuota para estar a la altura de la fiesta, fiesta que bien puede convertirse en una mascarada que, al terminar en 1993, no deje a los indios de América más que la “cruda” de lo que pudo ser y se quedó en meras declaraciones o simples adecuaciones sin contenido sustantivo. Es hoy esencial por ello la creación de un grupo de trabajo critico no gubernamental, que vigile y supervise que esta marea justiciera no termine en una farsa y, si así sucede, que la denuncie en los foros pertinentes.

En este presente y futuro de los pueblos étnicos en América Latina existen dos procesos simultáneos y convergentes: la emergencia definitiva de los sujetos étnicos y la reformulación de la nación en el contexto de nuestras particularidades.

Es evidente que el problema indio es hoy, como siempre ha sido, un problema nacional. No es, como se pensó durante mucho tiempo, el problema de los indios para alcanzar a la nación; todo lo contrario, hoy claramente parece ser que el problema es el de la nación para alcanzar a los indios.

Tal vez es éste el significado contemporáneo de esos jeroglíficos antiguos que no hemos podido descifrar. Tal vez aquí reside la explicación de la capacidad de resistencia de los indios de América Latina en los últimos 500 años: no hacían más que esperar a que las naciones maduraran para entender el verdadero significado de la vida en común, de la democracia de los grupos, de la justicia social.

* Una primera versión de este ensayo fue publicada en Pueblos y políticas en el Caribe amerindio, Ediciones I.I.I. Fundación García Arévalo, México, 1990.

(1) Este hecho ya ha sido reseñado e iniciada la discusión recientemente: pueden verse al respecto los resultados de una mesa redonda realizada por México a propósito de los 40 años del indigenismo; principalmente las intervenciones de Héctor Díaz-Polanco y Arturo Warman (INI, 1988).

(2) Leticia Reina, Las Rebeliones Campesinas en México, 1819-1906, México, Siglo Veintiuno, 1988, p. 185.

(3) Una excelente crítica de la relación del culturalismo y el indigenismo mexicanos puede encontrarse en los trabajos de Héctor Díaz-Polanco (1988).

José del Val Blanco. Etnólogo mexicano, profesor investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Ha sido director del Museo Nacional de las Culturas, director general de Culturas Populares y director general del Instituto Indigenista Interamericano de la OEA. Actualmente tiene a su cargo el Programa Universitario México Nación Multicultural de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado numerosos artículos en revistas nacionales y extranjeras. El ensayo que aquí publicamos pertenece a su reciente libro México identidad y nación (UNAM, México, 2004).

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