Ricardo Flores en la arquitectura Mexicana

Ricardo Flores en la arquitectura Mexicana

Víctor Arias Montes

No es fácil escribir sobre los amigos y mucho menos lo es recordar a quienes además fueron nuestros maestros. Pero el caso lo amerita. El 20 de diciembre del año pasado, antecedido de una fructífera labor arquitectónica y académica, falleció el arquitecto mexicano Ricardo Flores Villasana, a los 79 años de edad. A muchos nos sorprendió su muerte, pues siempre se le veía activo, de prisa, había mucho que hacer y el tiempo apremiaba para realizar o terminar lo pendiente. Nada tenía que esperar, todo en su tiempo. Las tareas se hacían bien o no se hacían. No buscaba la perfección por la perfección, sino lo bien hecho, lo éticamente correcto y lo profesionalmente posible. Esa era su perfección.

Lo conocí en 1970, cuando impartía, entre otras, la clase de Dibujo en la entonces Escuela Nacional de Arquitectura (ENA) de la Universidad Nacional Autónoma de México, curso con el que pretendía liberar a los estudiantes de sus temores para expresar lo que veían y vivían cotidianamente. Dibujar sobre papel periódico o kraft con brochas y pintura vinílica era el principio de tal liberación. Descomponer las figuras humanas o naturales, memorizar imágenes para reproducirlas en corto tiempo y perder el miedo al color y las texturas, fueron los pretextos para desarrollar la percepción visual de los participantes. En una escuela como la ENA, opresora por excelencia en esos años, asistir a este tipo de cursos con maestros como Ricardo Flores era una experiencia excepcional y, efectivamente, liberadora. A partir de ahí, nos unió una amistad profunda y respetuosa, fundada en los principios y en el trabajo académico y político.

Si pudiéramos resumir su amplia y sólida experiencia profesional, lo haríamos, con las limitaciones que esto implica, en dos momentos: uno, marcado por un profundo racionalismo; y el otro, si bien no contrapuesto a aquel, de una amplia búsqueda a partir del rescate de lo popular para integrado a la arquitectura.

Sobre el primero, basta señalar tres de sus proyectos cimeros: el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (1949-1954), en colaboración con los arquitectos Augusto H. Álvarez, Enrique Carral Icaza, Manuel Martínez Páez y Guillermo Pérez Olagaray; el conjunto habitacional en el fraccionamiento Jardín Balbuena (1958-1960); y la casa habitación para la familia Macotela (1964-1965), ubicada en el Paseo de la Reforma.

Respecto al segundo momento, resaltan: su casa (1965-1966) en la calle 5 de mayo, en Tlalpan; la casa para el Dr. Roberto Flores (1985-1986) en el Cuadrante de San Francisco, en Coyoacán; y su segunda casa-estudio (1991-1993) en la calle de Naranjatitla, también en Tlalpan. Esta última resulta ser quizás la obra en donde resume magistralmente la constante búsqueda por construir una espacialidad racional y emotiva, con base en lo tradicional y moderno.

Su vasta y consistente experiencia profesional la concretó asimismo en los procesos de enseñanza- aprendizaje de la arquitectura y el diseño en la Escuela Nacional de Arquitectura, en la Escuela de Diseño y Artesanías del Instituto Nacional de Bellas Artes y en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Veracruzana, en Xalapa, que sin duda lo llevaron a encabezar una de las corrientes pedagógicas autogestionarias más importantes de la segunda mitad del siglo XX en México.

No sólo contó para ello su manera personal de enseñar, sino también la de expresar gráficamente dichas enseñanzas. Me explico: no hubo tema de estudio en el que él no se inmiscuyera totalmente, es decir, que se integrara como un participante más a trabajar en la solución de un problema determinado. En sus grupos no había profesores y alumnos; había, y así lo presumía, un equipo en el que todos, sin excepción, estudiaban, enseñaban y aprendían. El aprender haciendo se convirtió así en el principio básico profesado por sus ideas, mismas que imbuyeron en las distintas soluciones una manera también personalísima de expresarlas, logrando crear con ello toda una escuela que muchos todavía continúan.

Su actitud nunca fue la de un líder en busca de fama y éxito personal. Más bien, su preocupación se centró en la formación de equipos de trabajo consecuentes con la participación colectiva en la búsqueda y solución espacial de las necesidades de los estratos populares. Tampoco en su carácter estaba el de sujetarse a grupo o persona alguna, por el contrario, ejercía tal libertad que en ocasiones provocaba fuertes disgustos en su entorno. Esa actitud, complementada con su trabajo profesional, lo llevaron a aceptar la postulación para ser coordinador general del Autogobierno de la Facultad de Arquitectura de la UNAM –movimiento democrático iniciado en 1972–, cargo en el que resultaría electo por mayoría el 28 de enero de 1981. Años difíciles no sólo para el Autogobierno, sino para la izquierda mexicana que, con sus luchas intestinas, destruiría mucho de lo ganado en esos años. El Autogobierno no fue la excepción, pues se arruinó a sí mismo por sus absurdas e incansables confrontaciones internas.

Hoy surgen de mi memoria aquellos años en que la cercanía con Ricardo era tal que pareciera que el tiempo no ha pasado. Pero recordar al amigo y maestro me congratula. Tardes y noches jugando dominó, escuchando música o bailando aquí y allá, discutiendo qué hacer con el Autogobierno, comentando las exposiciones de sus trabajos y sugiriendo cómo mejorarlas o, simplemente, cómo asar una buena carne acompañada de cerveza o vino, cómo lograr buenas fotografías con esta o aquella cámara en tales o cuales circunstancias, o bien, cómo diseñar la revista del Autogobierno.

Sus constantes viajes por los rincones de México y el mundo, plasmados en sus numerosas bitácoras, dan cuenta de la importancia que para él representó lo popular en la arquitectura. Su estancia de varios meses en Finlandia en los años setenta y su cercanía con el diseñador Tapio Wirkkala, así como sus más recientes viajes a la India y otros lugares del lejano Oriente, dejaron en él una huella profunda que se manifestó en su diseño gráfico, textil y en sus investigaciones sobre la cultura popular. Su pasión por ésta es quizás lo que más recuerdo en estos momentos. Sus numerosos dibujos y fotografías en los que capta a la gente, las calles, las plazas, sus edificios, los materiales, las cubiertas, los colores, las texturas, los trazos reguladores, las circunstancias del lugar … todo lo que acompaña mágicamente a la arquitectura popular, está presente en el recuerdo del maestro y amigo.

Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (1949-1954). Fotografía: Luis Limón Aragón.

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Cartel en serigrafía para el 9 aniversario del Autogobierno de la Facultad de Arquitectura De la UNAM Diseño: Ricardo Flores, 1981. Fotografía: Victor Arias

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Pintura popular, Museo Nacional de Arte popular, Nueva Delhi, India. Dibujo de Ricardo Flores Villasana en su bitácora de trabajo, 1976.

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Casa familia Flores, 5 de Mayo, Tlalpan, México, D.F. (19655-1966). Plantas arquitectónicas. Dibujo: Ricardo Flores Villasana.

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Casa-estudio de Ricardo Flores, Naranjatitla 7, Tlalpan, México, D.F. (1991-1993). Plantas arquitectónicas. Dibujo: Ricardo Flores Villasana.

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Casa Dr. Roberto Flores, Cuadrante de San Francisco, Coyoacán, México, D.F. (1991-1993). Interior. Fotografía: Alberto moreno Guzmán

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Casa-estudio de Ricardo Flores. Naranjatitla 7, Tlalpan, México, D.F. (1991-1993). Interior. Fotografía: Roberto Campbell.

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Casa familia Flores, 5 de Mayo, Tlalpan, México, D.F. (1965-1966). Fachada principal. Fotografía: Victor Arias.

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Víctor Arias Montes (Ciudad de México, 1949). Arquitecto, profesor e investigador de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue editor de la revista Arquitectura Autogobierno, y lo es actualmente de De Arquitectura y de Raíces. Documentos para la historia de la arquitectura mexicana. Es miembro del Concepto Editorial de Archipiélago.

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