Insula en la literatura española Contemporanea

Insula en la literatura española Contemporanea

Carlos Alvarez-Ude

SUMARIO

El historiador español Carlos Álvarez-Ude hace una reflexión sobre el importante papel jugado en las letras contemporáneas españolas por la revista Ínsula, de la cual es hoy editor, desde su fundación en los difíciles primeros años del franquismo (1946), cuando España emergía apenas de la cruenta Guerra Civil y la cultura era vista con suspicacia, hasta los tiempos actuales. El fundador, Enrique Canito, era según Álvarez un catedrático de Instituto depurado tras la guerra por su “rígida honradez laica”, que había sido animado por su maestro Pedro Salinas para emprender la aventura.

SUMMARY

The Spanish historian Carlos Álvarez-Ude reflects about the important role of Ínsula, the journal of which he is today the editor, in the Spanish contemporary letters, since its foundation in the difficult first years of Franco (1946), when Spain had barely emerged from the bloody Civil War and culture was viewed with suspicion, up to the present era. According to Álvarez-Ude, the founder, Enrique Canito, a Professor cleansed after the war because of his “rigid lay honesty”, was animated by his teacher Pedro Salinas to undertake the adventure.

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Nunca dediques espacio a los libros que no “merezcan la pena”, pues disponemos de muy poco para los que, de verdad, deberían ser nuestra guía en este mundo de cultura empobrecida.

Así me hablaba Ricardo Gullón a mediados de los años setenta, al poco de llegar yo a la Redacción de Ínsula. Oyendo sus consejos –lo cual ocurrió durante años, hasta su muerte en 1991– entendí dónde me había metido: en la “casa de la resistencia cultural”. Despacio, pero seguro, fui comprendiendo que Ínsula tenía no sólo que ver –y mucho– con nuestro pasado histórico, sino que colmaba mis ansias intelectuales en lo que iba a ser el final de la agonía franquista. Además, entonaba perfectamente con la educación que había recibido, como hijo de personas ligadas a la Institución Libre de Enseñanza. Día a día, a la vez que terminaba mis estudios de Historia Moderna y Contemporánea, fui enterándome de la crónica de Ínsula:

* Que la había fundado Enrique Canito, un catedrático de Instituto depurado tras la guerra por su “rígida honradez laica”, según nos recordó Rafael Lapesa.

* Que, para ello, le había animado su maestro Pedro Salinas.

* Que Juan Guerrero Ruiz –apodado por Juan Ramón Jiménez “cónsul general de la poesía”– presentó a Canito al entonces director de la prestigiosa colección “Adonais”, José Luis Cano, factotum durante muchos años de la revista, primero como Secretario, luego como Subdirector y, más tarde –cuando se jubila Canito–, como Director.

* Que las primeras rentas para llevar a cabo el proyecto salieron de la librería que Enrique Canito –frustrada su vocación de enseñante, y para poder comer– había fundado junto a una serie de amigos con una tarea muy concreta: la importación de libros extranjeros.

* Que, pronto, se constituyó en torno a la surtida librería y la independiente revista un importante grupo de fieles colaboradores y amigos.

* Que el primer número vio la luz el 1 de enero de 1946, y en él aparecían firmas como las de Enrique Lafuente Ferrari, Miguel Catalán, Paul Guinard –entonces. director del Instituto Francés–, Juan Rof Carballo o Carmen Laforet –reciente Premio Nadal por su novela Nada.

* Que –gracias también a Juan Guerrero— Ricardo Gullón entra en el grupo de íntimos, ejerciendo una gran labor como censor exigente.

* Que a pesar de la cuidadosa y exquisita tarea de Gullón, aferrándose los censores a la “intolerable” publicación de un monográfico dedicado a José Ortega y Gasset (noviembre de 1955) con motivo de su muerte, la revista es suspendida durante casi todo 1956, reapareciendo, después de múltiples gestiones y gracias a cambios en el Ministerio de turno, en enero de 1957.

* Que la censura siguió golpeando sin piedad: por ejemplo, prohibiendo la publicación del cuento de Julio Cortázar “Cuello de gatito negro”, o la palabra pecho en un poema de Vicente Aleixandre, aparte de muchas otras anécdotas con respecto a las implacables prohibiciones franquistas. Yo sí recuerdo –porque entonces ya estaba trabajando en la Redacción– cómo nos hicieron retirar de un número ya impreso un artículo del propio Cano en el que aventuraba el lugar dónde estaba enterrado Federico García Lorca –con foto incluida–, suponiendo un grave perjuicio económico para Ínsula (y estoy hablando del número 343, ¡correspondiente al mes de junio de 1975!, es decir, poco antes de la muerte del dictador).

* Que en la revista, según la iba revisando hacia sus orígenes, habían colaborado los mejores.

Se cumplía, entonces, lo que Enrique Canito, con la inestimable ayuda de José Luis Cano, había pretendido con Ínsula: ser “el resultado feliz de una frustración (…), porque en la medida de lo posible he podido lograr el sueño juvenil de creerme que comunico a los jóvenes no un saber que tengo, pero sí un afán de saber, que es en definitiva lo que mueve al mundo”.

Ínsula y las “Letras de América”

Si algunos de los más despiertos filólogos nos dicen que el estudio de la Literatura pasa por hacer una inmersión frecuente en el estudio de las circunstancias socio-históricas del momento en que se produce una obra o un movimiento literario dignos de reflexión y estudio, y, además, nos advierten de la suma importancia del procedimiento, no deberíamos hacer oídos sordos y empecinamos en resaltar sólo lo meramente literario. Todos sabemos del debate que plantean, por ejemplo, los poetas sobre si la poesía es o no literatura. Pues bien, esto lo tuvo muy claro Ínsula desde sus inicios y, por ello, siempre se supo adaptar a las necesidades hispanísticas del momento. Los estudios filológicos han ido sufriendo a lo largo de la historia de Ínsula una serie de cambios de concepción que ella reflejó con delicadeza en sus diversas etapas.

En un principio la revista, gracias a la complicidad de dos grandes intelectuales, como lo fueron Pedro Salinas y Enrique Canito (maestro y discípulo, respectivamente), se constituyó en un resistente cabo de unión entre los exilios españoles (interior y exterior), pero también en elemento continuador de las relaciones culturales entre España y Latinoamérica, que ya la Junta de Ampliación de Estudios había iniciado antes de nuestra guerra civil. Sólo las sangrientas dictaduras latinoamericanas de los años setenta significaron un freno en este sentido, pero ahí también supo reaccionar Ínsula con la incorporación de firmas fundamentales: Jorge Renales –que firmaba su sección “Letras de América” como Jorge Campos– Pablo Neruda, José Lezama Lima, Julio Cortázar, Rómulo Gallegos, Alfonso Reyes, Arturo Uslar Pietri, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Eduardo Cote Lamus, Octavio Paz, Alfredo Bryce Echenique y otros muchos colaboraron en las páginas de la revista engrandeciéndola y afianzando esos lazos de unión, cuyo exponente principal era –y sigue siendo– la lengua común.

Letras peruanas, Letras y Artes de Venezuela, Letras cubanas o Letras mexicanas se llamaron algunos monográficos muy estimables que repasaban y actualizaban nuestro conocimiento acerca de sus literaturas, y, desde luego, de otros aspectos de interés cultural. Y junto a éstos –más generales– aquellos memorables números dedicados a Rubén Darío (al que le hemos dedicado también un número en 2005, el correspondiente al mes de marzo) por el centenario de Cantos de vida y esperanza, Pablo Neruda (de quien apareció un monográfico en el número correspondiente a junio de 2004), Alejo Carpentier, Nicolás Guillén y tantos otros.

También debemos hablar del intercambio cultural que potenciaron las tertulias de Ínsula. Se celebraban en los locales de la madrileña calle del Carmen, y por allí pasaban cuantos escritores latinoamericanos se acercaban a Madrid; tertulias donde no se hablaba sólo de literatura: la política y otras cuestiones ocupaban grandes ratos de debate. Es decir, se practicaba ya la democracia, aunque fuera en la clandestinidad. Un intercambio interdisciplinar que enriquecía nuestras diferentes culturas.

Y así hemos llegado hasta hoy, en que seguimos prestando una gran atención a las Letras de América. Muestra de ello son los monográficos que se han dedicado a las Letras virreinales, a César Vallejo, a Augusto Roa Bastos, a Octavio Paz; o los titulados: Novela y poesía de dos mundos.” la creación literaria en España e Hispanoamérica, hoy,” 1492-1992: La expresión iberoamericana; “Águila o sol”. Prosa mexicana I; “Águila o sol”. Prosa mexicana II,” Mario Vargas Llosa.” Los humanos demonios de la escritura; Jorge Luis Borges: El enigma del laberinto; La otra orilla del español: Las literaturas hispánicas de los Estados Unidos; El español en Estados Unidos y Puerto Rico; Estampas sobre la nueva narrativa mexicana, y Perfiles de un siglo: Pablo Neruda (1904-2004).

Ínsula y las otras lenguas peninsulares

Mención especial merece este apartado. Y ello por dos razones. Una, la valentía del antiguo equipo de Ínsula para incluir en sus páginas las letras catalanas (la pionera labor de Paulina Crusat fue decisiva) y las letras galegas (que no tenían sección fija, aunque se cubrían sobradamente), en un momento en que el uso del catalán, galego y euskera era reprimido desde diversos frentes. A esto hay que añadir la publicación de dos importantes monográficos dedicados a las letras catalanas en noviembre de 1953, y a las galegas en julio-agosto de 1959, así como las traducciones de autores catalanes de gran relevancia tanto en la propia revista (poemas, narraciones, etc.) como en la editorial Ínsula.

La otra razón se refiere a la continuidad de esta apuesta en las páginas de Ínsula: las “Letras catalanas”, coordinadas por Jaume Pont; las “Letras gallegas”, coordinadas por Anxo Tarrío Varela, y las “Letras vascas”, coordinadas por Jon Kortazar (éstas sí como auténtica novedad).

Ínsula y las letras extranjeras

Fue, sin duda, la profesión de Enrique Canito (Canito era catedrático de Francés, pero, además, había realizado un lectorado en la Universidad de Toulouse, donde pudo consultar todos los libros extranjeros prohibidos en España, lo que debió ampliar su horizonte), unid9 a la censura franquista sobre las literaturas de más allá de los Pirineos, lo que animó a que Ínsula se convirtiera en portavoz, no sólo de los transterrados tras la guerra civil, sino también del que podríamos llamar “exilio extranjero”, es decir, en el medio que facilitaría a muchos escritores y amantes de la buena literatura el acceso a las obras de ciertos autores foráneos (1).

José Corrales Egea –que se encargaba de una sección titulada “Carta de Francia”, luego “Carta de París”– envió a la revista, para el número conmemorativo de su XXV Aniversario, un folio titulado: “Nota sobre algunos autores, obras, agrupaciones teatrales, de los que se habló con casi completa seguridad en España por vez primera gracias a Ínsula”. En dicha nota se citaban, entre otros, a Bertold Brecht (número 55, 1950); “Piccolo Teatro de Milano” y “Old Vic” (números 89 y 90, 1953); Samuel Beckett (hace referencia a “un viejo número de Ínsula”); movimiento de los beatniks (números 167 y 168, 1960). La revista se había convertido en una escuela para que nuestros escritores incorporaran a su tradición particular otras corrientes extranjeras que, en su cruce natural, dejaban fuera a España.

En este sentido, fueron decisivas las secciones tituladas “Carta de …”. Escritas por estimables críticos desde los lugares de origen (Francia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos …), establecieron una importante red de corresponsales que, con generosidad, nos mantenía puntualmente informados de todo aquel acontecimiento cultural o editorial que pudiera tener el más mínimo interés para nosotros. Y no sólo referido a lo hispánico, sino también a sus propias producciones. (Así, por ejemplo, conocimos a través de Ínsula el éxito de El hombre y la mosca del dramaturgo José Ruibal en Nueva York, o del teatro pánico de Fernando Arrabal en París.)

En lo que se refiere a la literatura extranjera, la información acerca de premios como el Goncourt y otros fue constante. Asimismo, los diferentes premios Nobel que, en un principio, no se traducían con la inmediatez de hoy.

Pero conviene hacer especial referencia a una sección titulada “La novela extranjera en España”, escrita por el gran animador del surrealismo en Canarias –con su Gaceta de Arte– Domingo Pérez Minik. En ella, el maestro de periodistas canario reseñaba con buen tino y mejor pluma las novedades de autores extranjeros en las editoriales españolas o nos daba referencias para conocer la obra de otros que, no habiendo sido traducidos, gozaban de gran prestigio fuera de nuestras fronteras.

En cuanto a la poesía, fue importante la sección titulada “Poesía extranjera en España”, que escribía el argentino afincado en la Península Marcos-Ricardo Barnatán. Es obligado referirse a un número dedicado a las Letras portuguesas –julio-agosto de 1971– o a los magníficos estudios y traducciones de la obra de Pessoa que Ángel Crespo nos fue legando (en el número 134, de enero de 1958, aparecía un artículo suyo titulado “Fernando Pessoa y sus heterónimos”. Luego seguirían otros, pero ya se había propiciado la apertura de la veda para el estudio de la obra del poeta luso en nuestro país), o al rescate de otros autores portugueses tan poco conocidos como Antero de Quental.

Ínsula y las otras disciplinas

Pero Ínsula no sólo se dedicó a reflejar las diversas literaturas españolas, latinoamericanas o extranjeras. Enrique Canito se había percatado de la escasa información en la España de posguerra sobre otras disciplinas decisivas para comunicar ese “afán de saber” que la guerra había truncado: la ciencia, la filosofía, la historia, el arte, el cine, el teatro, en fin, todo aquello susceptible de cumplir el noble propósito de ensanchar la cultura de los españoles. Así, la colaboración de nombres como Miguel Catalán, Francisco Grande Covián, José Gallego-Díaz, Enrique Lafuente Ferrari, Melchor Fernández Almagro, Juan Rof Carballo, Gregorio Marañón Moya, Julián Marías, José Luis L. Aranguren y muchos otros más, fue decisiva. Recuerdo algo que me contó José Luis Cano, hace ya muchos años: cómo se produjo la primera colaboración en Ínsula de María Zambrano (hablamos de 1952), recomendada por Luis Cernuda, cuando la pensadora apenas era conocida en nuestro país.

Todas estas disciplinas, poco a poco, se fueron abandonando en manos de las revistas especializadas que fueron apareciendo a lo largo de los últimos treinta años. Ínsula ya había cumplido su misión en los últimos años de los cuarenta y a lo largo de los cincuenta, sentando unas bases fundamentales para que otros pudieran contribuir en el futuro a la normalización de nuestro entorno cultural. De ahí, el cambio de subtítulo de Ínsula. Canito le había puesto “Revista Bibliográfica de Ciencias y Letras”, para pasar, en 1983, a “Revista de Letras y Ciencias Humanas”. De esta manera, la esencia que animó a Enrique Canito y a José Luis Cano en su antiguo proyecto, aunque hoy referida sobre todo a lo hispánico, sigue siendo primordial, como así lo quiso Víctor García de la Concha al ser nombrado director, significando mi permanencia un enlace entre una y otra etapa.

Ínsula y las generaciones literarias españolas

En el número extraordinario 499-500 (junio-julio-agosto, 1988) podemos leer en su Editorial: “Al alcanzar el número 500 de la revista, cabe preguntar qué fuerza le ha permitido avanzar, en medio de tantas dificultades, hasta esa posición absolutamente destacada en nuestro panorama cultural. La antología, por fuerza incompleta, que para la ocasión hemos espigado, nos ofrece la clave: toda la cultura española, desde los hombres del 98 hasta los novísimos o posnovísimos, ha fondeado en esta Ínsula. La colección, que no parece exagerado calificar ya de verdadera joya, representa en esta línea un museo bibliográfico vivo de la literatura y las humanidades de los últimos cuarenta años. (…) la peculiaridad de Ínsula no radica propiamente en la noticia sino en su decantación crítica. Mientras que las secciones culturales de la prensa periódica, con el valor y el riesgo de la inmediatez, tratan de orientar al lector sobre el rumbo de las letras y el pensamiento hispánicos, Ínsula constituye un ámbito para la reflexión detenida y para el ejercicio de la crítica universitaria aligerada de erudición.”

Creo que estas palabras son lo suficientemente explícitas para inferir la declaración de intenciones del nuevo equipo que, impulsado por la Editorial Espasa Calpe, llegaba en esos momentos a Ínsula. Y no sólo eso, sino que evidencian una clara conciencia en todos nosotros de lo que se heredaba.

Pero volvamos al número 499-500. En él se hacía un repaso de las diferentes generaciones literarias españolas a lo largo de la historia de Ínsula.” el Modernismo y el 98, las generaciones de 1914, 1927, 1936, de posguerra, 1950, los novísimos y otras tendencias poéticas de su entorno; también trabajos sobre las diferentes letras peninsulares y las de América. Asimismo, la Teoría Literaria estuvo presente mediante la recuperación de la polémica que sostuvieron en Ínsula Hugo Friedrich (“Estructuralismo y estructura en la ciencia literaria”) y Fernando Lázaro Carreter (“Estructuralismo y ciencia literaria. A propósito de un artículo de Hugo Friedrich”); el número se cerraba con el cuento de Carmen Laforet “El infierno”, publicado en 1946, en el número 1 de Ínsula, y como cuadernillo central (en “históricas” páginas de color) se insertó la segunda parte de unas cartas inéditas que José Luis Cano tituló: “La Generación del 27 desde dentro”. Se trataba de las que Luis Cemuda, Jorge Guillén y Emilio Prados le habían escrito desde el exilio a partir de los años cuarenta.

Está claro que he evitado referirme a la atención que la revista dedicó (y sigue dedicando) a la literatura española de todos los tiempos. Desde el artículo de Luis Cernuda “Tres poetas metafísicos” (sobre las Coplas de Jorge Manrique, la Epístola a Arias Montano de Francisco de Aldana y la Epístola moral a Fabio) hasta el dedicado a los libros de caballerías con algunas de las mejores firmas, o el que preparamos en su día sobre Ausiás March, el dedicado a La Celestina, a El Quijote o a las letras en tiempo de los Reyes Católicos, esta literatura siempre estuvo dignamente representada en Ínsula.

Ínsula y el Hispanismo

Decía Enrique Canito en 1970: “Mi experiencia, entre los muchos amigos hispanistas que tengo, y las muchas cartas que recibimos, parecen probar que Ínsula es una guía importante para hispanistas, estudiosos de nuestra literatura y bibliotecarios de los departamentos españoles de cientos de Universidades de América y de Europa”.

En el número 485-486 (abril-mayo, 1987), Víctor García de la Concha, en el Editorial que anunciaba su incorporación como nuevo director, decía: “Quienes integramos el nuevo Comité de Dirección hemos consultado a muchos y reflexionado largamente sobre lo que se espera de Ínsula. Se ha producido una coincidencia generalizada en algo que Ricardo Gullón, denunciaba (…): la degradación de la crítica literaria, “reducida a simulacros” en la España de hoy. “A ese frente nos proponemos acudir dedicándole atención primordial en una doble vertiente. Un buen número (…) de suscriptores y lectores de Ínsula son profesionales de las letras españolas. Queremos que la revista constituya para ellos una guía puntual (…) de la evolución de los estudios histórico-literarios y filológicos en todas las áreas del hispanismo. Y, en continuidad de la mejor línea de la publicación, queremos a la vez hacer de ella crisol depurador de la actual producción literaria.” A esta doble tarea, y al debate de los grandes temas actuales de la cultura hispánica, convocamos a todos.”

Y, para terminar, recojo unas significativas palabras de Enrique Lafuente Ferrari aparecidas en el número conmemorativo del XXV Aniversario antes citado:

En comparación con otros países más afortunados

–Francia, Inglaterra– España es muy pobre en (…)

testimonios vivos, directos, personales, llenos de detalles

auténticos y de primera mano, sin los cuales la historia es

fácilmente distorsionable. (…) Ínsula es (…) un

testimonio. Primero, un testimonio de continuidad, una

voluntad de salvar la continuidad de la auténtica

intelectualidad es-pañola, a despecho de todo. (…) Yo

estoy seguro que cuando se estudie la historia española de

estos últimos años, Ínsula será un documento de primera

mano y de positivo valor. Y creo no tardará mucho

tiempo sin que a Ínsula se dediquen tesis doctorales por

los hispanistas conscientes de varios países.

(1) Conviene precisar lo siguiente: La Cartuja de Parma y Rojo y Negro, de Stendhal; Madame Bovary, de Flaubert, o El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence — por poner unos pocos ejemplos– estaban prohibidas en España. Lo mismo ocurría con autores mucho más clásicos. Es más, si conseguían “pasar” algunas obras, era por una tendenciosa o inexacta traducción.

Carlos Álvarez-Ude (Madrid, 1953). Escritor español, licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid. Ha colaborado con artículos, reseñas, críticas y poemas en diversas revistas y en periódicos españoles. Ha sido coordinador de diversos números de la revista Ínsula relacionados con la poesía española actual y de una Antología de poesía joven para la revista La Página (1997). Es editor actualmente de la revista Ínsula y pertenece a la mesa directiva de la Asociación de Revistas Culturales de España–ARCE.

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