Globalización y proyecto social alternativo en el tercer mundo

Globalización y proyecto social alternativo en el tercer mundo

Álvaro Montero Mejía

SUMARIO

¿Existe para los países del Tercer Mundo y en particular para los países de Nuestra América, una salida o alternativa posible y realista a la globalización neoliberal, que conserve intactos los ideales transformadores de libertad, igualdad y bienestar? A esta interrogante intenta responder el abogado, economista y político costarricense Álvaro Montero Mejía, quien desenmascara en este ensayo el llamado pensamiento único, que hace desaparecer del lenguaje político los conceptos sociales humanistas: colaboración, solidaridad o ayuda mutua, en aras del fundamentalismo del mercado.

ABSTRACT

Is there a possible way out of, of a realistic possible alternative to, liberal globalization for the Third World Countries and particularly for the countries of Our America, an alternative which keeps intact the transformative ideals of liberty, equality and well being? The Costa Rican economist, lawyer and politician Alvaro Montero Mejía attempts to answer this question, unmasking in this essay the so called unique thinking that causes humanist social concepts –collaboration, solidarity and mutual aid– to vanish from political language in favor of the fundamentalism of the market.

RESUMO

Existe para os países do Terceiro Mundo e cm particular para os países de Nossa América, urna saída o alternativa possível e realista à o globalização neoliberal que conserve intatos os ideais transformadores de liberdade, igualdade e bem-estar? A esta pergunta tenta responder o advogado, economista e político da Costa Rica, Álvaro Montero Mejía, que expõe e desenmascara neste ensaio o chamado pensamento único, que faz desaparecer da cominicaçao política conceitos sociais humanistas: colaborando, solidariedade ou ajuda mútua para fazer jus ao fundamentalismo do mercado.

SOMMAIRE

Dans les pays du tiers-monde et en particulier pour les pays de Notre Amérique, existe-t-il une sortie ou une alternative possible et réaliste à la globalisation néolibérale, qui garde intacts les idéaux transformateurs de liberté, d’égalité et de bien-être? Alvaro Montero Mejía, avocat, économiste et politique du Costa Rica, rente de répondre h cette question. Dans cet essai, il démasque la dite pensée unique qui fait disparaîfre les concepts sociaux humanistes du langage politique: collaboration, solidarité ou aide mutuelle sur l’autel du fondamentalisme du marché.

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Fue antes de 1995 cuando comenzamos a expresar nuestro criterio de que la globalización, como proceso social, no podía ser visto como la simple continuación del desarrollo capitalista, junto a su proceso de construcción del mercado mundial. El desarrollo del capitalismo no es un hecho lineal, ni mucho menos unívoco. Connotados autores han demostrado que cada uno de sus avances corresponde a un determinado desarrollo de sus fuerzas productivas y a la articulación de nuevos mecanismos de expansión y relaciones entre áreas del mundo. También ha sido demostrado el carácter contradictorio de su desarrollo: capitalismo e imperialismo no serían tales sin la existencia de un polo colonial o dependiente. Expresamos que ese fenómeno que denominamos globalización sólo era posible si considerábamos la existencia de varias premisas y la conjunción de algunos fenómenos propios de la naturaleza del capitalismo contemporáneo. Por sus premisas, la globalización sólo puede ser comprendida como un desarrollo del sistema imperialista en las condiciones de un capitalismo de manos libres, sin contraparte, precedido, en gran medida, del derrumbamiento del sistema del llamado socialismo real en la antigua Unión Soviética y en Europa del Este, de la emergencia de un mundo unipolar, de la puesta en operación de los llamados organismos financieros internacionales como carlanca del Tercer Mundo, junto a la aparición de una nueva forma de organización de la producción capitalista representada por las transnacionales, empresas que tienen perfectamente establecidos sus vínculos y compromisos nacionales con alguno de los grandes Estados que encabezan el proceso. A estos elementos hay que agregarles la descomunal e impetuosa expansión de las fuerzas productivas del capitalismo desarrollado, representada por la nueva revolución científica y tecnológica.

La globalización se acompaña de una ideología dominante, que se impone en cada país con la realización práctica de sus propuestas centrales, junto a estructuras políticas y de clases que responden a su direccionamiento estratégico, sólo que en la globalización la ideología dominante es la ideología de la potencia dominante, es decir, el neoliberalismo. Esta ideología se propone como un pensamiento único, al tiempo que hace desaparecer del lenguaje político internacional los conceptos sociales humanistas: colaboración, solidaridad o ayuda mutua; simultáneamente emergen el fundamentalismo del mercado, la falsamente llamada “libre competencia”, la privatización de las estructuras productivas y la mayor parte de las relaciones de producción, y el desmantelamiento de las funciones del Estado como productor de bienes y servicios, representante de intereses colectivos o guardián de la soberanía nacional.

¿Existe para los países del Tercer Mundo y en particular para los países de Nuestra América, una salida o alternativa posible y realista, que conserve intactos los ideales transformadores de libertad, igualdad y bienestar? A esta interrogante intentaremos responder.

8 de enero 2004

Dos hechos, aparentemente inconexos, marcan el inicio de nuestras preocupaciones ideológicas y por ende prácticas, en relación con la manera en que las fuerzas políticas con voluntad transformadora pueden enfrentar la acción política. La primera se refiere a un pequeño folleto que nos obsequiaron a la entrada de un mitin en Francia, durante los acontecimientos de mayo de 1968, y que se titulaba “¿Qué es ser revolucionario en la Francia de nuestros días?” Hemos olvidado los detalles del folleto, pero esa pregunta sigue siendo la más aguda y pertinente que los hombres y mujeres que persiguen cambios sociales pueden formularse en cualquier lugar del mundo, porque sólo puede responderse con una profunda y certera penetración en las realidades particulares de un determinado país y en un momento también determinado de la historia. En nuestra época, sólo los pueblos que no copiaron ni repitieron esquemas, los que encontraron en la savia del tronco nacional la fuente principal de su inspiración, han sobrepasado las más difíciles pruebas y han podido continuar su labor de cambios profundos.

El otro hecho fundamental para nosotros no proviene de una pregunta, sino de una respuesta, que se produjo en ocasión de una entrevista realizada por el periodista mexicano Julio Scherer a Fidel Castro. Scherer le preguntaba por qué razón las organizaciones de izquierda en América Latina, que evidenciaban tanta potencia en las movilizaciones sociales, en acciones de masas o actos de protesta multitudinarios, no eran capaces, por lo general, de triunfar en las luchas propiamente políticas, de las que dependía el ascenso al poder. El centro de la respuesta fue algo así como “porque se han dejado aislar”. La respuesta no implicaba una simplificación que ignorara los casi inagotables recursos económicos o publicitarios de las clases dominantes, o los innumerables y complejos procesos de las luchas sociales. La respuesta llevaba implícita otra pregunta central: ¿cómo sumar fuerzas?, ¿cómo lograr que las aspiraciones fundamentales de las grandes mayorías, interesadas en cambios democráticos y metas cardinales, fueran unidas en un proyecto de poder?

Esos dos planteamientos son más acuciantes que nunca para los pueblos de Nuestra América en esta época tan particular, que denominamos globalización. Desde que comenzó a divulgarse este concepto estuvimos entre quienes no se dejaron atrapar por las interpretaciones según las cuales la “globalización” era parte del proceso histórico de expansión del capitalismo, comenzado hace 500 años, o visión mitológica de un mundo sin fronteras, abierto a las transacciones, creador de nuevas oportunidades para todos los pueblos y naciones, un mundo “a la carta” ofrecido en el supuesto depósito del conocimiento universal llamado internet, un mundo cuyo acceso estaría permitido a todas las naciones, pobres o ricas, con sólo dar muestras de astucia, habilidad comercial y destreza productiva. Tampoco nos dimos por satisfechos con una constatación bastante evidente, sobre todo para los marxistas, en el sentido de que la globalización era, o bien parte o bien un paso adelante del proceso imperialista; algo así como la “etapa superior del capitalismo”, parafraseando a Lenin.

Ese fenómeno histórico que llamamos globalización tiene lugar en medio de un “capitalismo de manos libres”. Este hecho permite la sinergia de fenómenos novedosos en la sociedad mundial, como la emergencia de un mundo unipolar; unipolaridad compleja y contradictoria, como se desprende de la división económica del mundo en bloques de poder. Se hacen evidentes en nuestros días las contradicciones políticas y económicas entre los bloques del mundo desarrollado, que no impiden que se confirme el poderío del polo hegemónico, ni que se suspendan los acuerdos estratégicos orientados a un nuevo reparto del mundo. Simultáneamente, se produce la plena expansión y operación, en escala planetaria, de un pequeño número de instituciones económicas y financieras semipúblicas y privadas, como son los llamados organismos financieros internacionales, por un lado, y las empresas transnacionales, por el otro. Estos organismos financieros, Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional … como bien lo ha expresado John Saxe Fernández, no pueden ser llamados “internacionales”, sino que son un elemento más de la unipolaridad mundial en la medida en que expresan, en lo fundamental, los intereses de la potencia propietaria, Estados Unidos. Incluso en esos organismos se escuchan en ocasiones voces disidentes, pero que no cambian su naturaleza. Establecimos en nuestro libro La Globalización contra los Pueblos, en el año 96, que la globalización era el proceso más avanzado del desarrollo del capitalismo, pero que era imposible que éste ascendiera hasta esta nueva etapa sin que mediara una derrota estratégica del elemento socialista de la bipolaridad. También nos referimos al vínculo necesario entre globalización y el prodigioso desarrollo de las fuerzas productivas, expresado en la revolución científica y tecnológica de nuestros días. Aparentemente no se cumplió la percepción de Marx, en el sentido de que son las revoluciones sociales los únicos procesos capaces de romper las ataduras que el antiguo régimen le impone al desarrollo de las fuerzas productivas sociales. De hecho, el capitalismo no sólo venció políticamente al socialismo real, sino que se apropió y desarrolló en su beneficio casi exclusivo la informática y las telecomunicaciones, la robótica, la miniaturización de los componentes electrónicos, la carrera espacial, los prodigiosos alcances de la biología molecular y la ingeniería genética fundadas en el ADN, la agricultura, los alimentos o la biología transgénicos, la microcirugía, los rayos laser o la nanotecnología.

Pensamos que la famosa observación sólo en apariencia no se cumplió, porque se ha iniciado el período histórico en que le toca a los pueblos tomar la prodigiosa acumulación de conocimiento científico y ponerlo el servicio del bienestar y la felicidad humanas. Si esto no se logra, la humanidad, al menos como la conocemos hoy, corre el riesgo de desaparecer. En manos de los países hegemónicos, de los laboratorios y los centros de producción e investigación de las transnacionales, la ciencia no será jamás un acervo del género humano ni éste podrá extender su inteligencia hasta los limites que tiene y puede. Los abismos se han hecho tan grandes que, sin una sociedad que se proponga pensar y hacer en función de la vida, la supervivencia será imposible. Como sabemos, ya no hay distancias entre lo que antes llamábamos investigación fundamental y ciencia aplicada. Los más abstractos o complejos procesos de la ciencia moderna, pasan rápidamente a ser parte de los arsenales productivos de las grandes empresas del capitalismo desarrollado, originando nuevas tecnologías y aplicaciones novedosas. Algunos países del “Tercer Mundo”, como la India, Brasil o Cuba, y algunos sabios como Patarrollo, hacen esfuerzos ímprobos por poner sus investigaciones médicas y científicas al alcance de la humanidad, mientras la ciencia del mundo rico, desentendida de “los pobres de la tierra” como decía Martí, provoca, según las dramáticas palabras del Papa, “un auténtico genocidio”.

Rechazamos entonces esa afirmación según la cual vivimos en la era del conocimiento, por dos razones fundamentales. La primera es que eso que se denomina comúnmente “conocimiento” está, por lo general, reducido a la ciencia, sin tener en cuenta al arte, la cultura o los valores espirituales y cívicos construidos por los pueblos en sus luchas históricas. Ellos son también conocimiento, sólo que su trasmisión y difusión no está sujeto a las leyes del mercado o del tráfico mercantil. En segundo lugar, el conocimiento científico propiamente dicho, lejos de ser universal, es un odioso monopolio, celosamente custodiado, de las mega empresas del mundo desarrollado.

El signo más potente de la globalización está constituido, sin duda alguna, por la hegemonía militar de Estados Unidos. No es solamente un problema de volumen, sino que expresa una superioridad cualitativa. Como lo han manifestado explícitamente los voceros del Pentágono, el esfuerzo estadounidense se orienta a saltarse varias generaciones en lo que a calidad y potencia de las armas se refiere. Impulsan también, como se sabe, mecanismos inéditos de espionaje y control individual en escala universal. Del control visual o auditivo de los habitantes del mundo entero, esperan pasar al control y la manipulación electrónica de cada persona. Ya han sido asignadas las partidas para avanzar, en marchas forzadas, hacia la miniaturización de las armas atómicas y los planes de exploración cósmica están centrados en el control militar del espacio interplanetario.

Pero aquí también encontramos contradicciones fundamentales. Con todo ese poderío, Estados Unidos no ha podido ni podrá jamás controlar o detener la voluntad y la resistencia de los pueblos. La más compleja tecnología para detectar a los enemigos se derrumba literalmente ante un niño o una mujer capaces de emboscar un tanque o lanzar certeramente una piedra. Los pueblos son más inteligentes que las armas inteligentes y la vida se está encargando de demostrarlo. En lo que se refiere a sus decisiones militares recientes, la materialidad y complejidad de los armamentos no han servido para eludir las denuncias o los escrúpulos de muchas naciones, por lo que ese país se ha visto obligado –y en particular la presente administración– a destruir todos los fundamentos del derecho internacional construidos por las fuerzas sensatas de la humanidad durante el siglo XX.

Esa sistemática demolición de valores e instituciones es, en cierta medida, responsabilidad del conjunto de naciones poderosas y en parte de las propias Naciones Unidas, quienes dejaron al imperio americano actuar con absoluta impunidad, especialmente durante los últimos quince años. Para la invasión de Irak, concebida desde hace años para el control geopolítico de las dos grandes cuencas petroleras aledañas, la del mar Caspio y la del Medio Oriente, se propusieron debilitar radicalmente al régimen iraquí y matar por hambre a ese pueblo. Las Naciones Unidas se prestaron al embargo como parte de esa política, cuyo resultados son bien conocidos. Estas fuerzas, Naciones Unidas incluidas, permitieron que se consolidara un poder paralelo al resto de las naciones, que se negó una y otra vez a suscribir todos los convenios universales prohumanos, desde las convenciones sobre derechos humanos o los derechos de la mujer y del niño, pasando por el protocolo de Kyoto hasta la Corte internacional de justicia de La Haya. Del mismo modo, el poder de decisión real en los asuntos mundiales pasó de la Asamblea General de la ONU a su Consejo de Seguridad, de éste a la OTAN y de allí directamente a la Casa Blanca.

Ante este poderío en apariencia incontrastable, ¿qué oportunidades tenemos los pueblos pequeños y débiles, que oportunidades tiene el Tercer Mundo de vencer las condiciones imperantes de pobreza, marginalidad, dependencia y subordinación y proponerse la construcción de un proyecto que corresponda a sus intereses nacionales? Con anterioridad al actual período de globalización, los pueblos tenían frente a sí la posibilidad de realizar luchas anticoloniales y revoluciones sociales liberadoras, porque en el mundo bipolar precedente, con toda su complejidad, existía una retaguardia estratégica, económica y política, que podía ayudar con un comercio más equitativo, con una importante transferencia científica y tecnológica o con colaboración financiera. Esta retaguardia estaba constituida por la Unión Soviética y los países del campo socialista de Europa del Este, por China y también por una corriente mundial de países y organizaciones progresistas que se expresaban de distinta manera. Incluso algunos países capitalistas de Europa occidental mantenían una política de colaboración y amistad con los países emergentes y no se plegaban dócilmente a los esquemas impuestos por la Guerra Fría. Se trataba de una correlación de fuerzas internacionales favorable a los principios de independencia nacional y defensa de la soberanía.

A partir de esas condiciones, los pueblos subdesarrollados podían aspirar a un desarrollo económico y social relativamente independiente. Fue en ese contexto, sobre todo a partir de la Segunda Guerra mundial, que tuvieron éxito una gran parte de las acciones nacionalistas de los países del Tercer Mundo, que pudieron plantear cambios sociales profundos o simplemente recuperar una buena parte de sus recursos naturales, minerales e institucionales. Quizás el manejo y explotación de estos recursos no fue siempre ni el más apropiado ni el más honesto, pero este es otro problema. Sin esa correlación favorable, muchos cambios estructurales no habrían sido posibles. Naturalmente, la realidad de nuestros países resultaba bastante más complicada que la descripción precedente. La aplastante mayoría de ellos eran, como aun hoy, países capitalistas, con toda la connotación de un capitalismo periférico y subdesarrollado. La existencia de clases sociales con intereses disímiles en su interior, muchas de ellas claramente aliadas con el capital y las políticas foráneas, le creaban un marco de referencia concreto a las luchas políticas internas, a la discusión sobre las vías y los métodos apropiados para el ascenso al poder político, a los planteamientos sobre el papel que se le asignaba a las distintas clases sociales y lógicamente, al tipo de sociedad y de Estado que era necesario construir a partir de esas luchas. Pensamos que se produjeron pocas elaboración teóricas penetrantes sobre estas tareas. Hubo muchas simplificaciones, repeticiones o copias que pasaban, casi sin modificación, de un país a otro y de una organización política a otra. No era frecuente considerar el desarrollo de una teoría política nacional con apego a los grandes pensadores y luchadores sociales que echaron las bases para esas teorías. Existía una razón de fondo para las simplificaciones. En lo fundamental, la tarea central de las fuerzas progresistas era la toma del poder. Muchos asumíamos que lo demás –defensa nacional, transferencia tecnológica, ayuda financiera, instalaciones industriales y maquinaria agrícola, formación intensiva de científicos, profesionales y técnicos o métodos de planificación– vendría después y en gran parte, de afuera, desde la retaguardia estratégica. Esto era cierto sólo en una pequeña parte.

Es por esta razón que las organizaciones sociales y los países progresistas o socialistas que sobrevivieron al colapso del socialismo real, fueron precisamente aquellos que contaban con una dirección política lúcida y procesos que se encontraban firmemente enraizados en la conciencia de sus pueblos y que supieron utilizar como palanca, fortalecida y enaltecida, el pensamiento social nacional. En pocas palabras, fueron capaces de crear, con el rasero del pensamiento social y científico precedente, una teoría política propia, tanto para el proceso liberador como para la construcción de una sociedad mejor. En sentido general, ese era el marco de referencia para las clases o fuerzas sociales progresistas, transformadoras o revolucionarias.

Pero hoy, ¿cuales son nuestras referencias? La globalización coloca a los luchadores sociales de los países de la periferia ante puntos de referencia donde las viejas premisas han perdido su valor o simplemente ya no existen. Nuevas preguntas deben ser planteadas y nuevas respuestas deben ser intentadas. No puedo evitar hacer referencia al grafitti que apareció hace algunos años en una pared de Latinoamérica, que decía: “teníamos todas las respuestas, pero nos cambiaron las preguntas”. Las preguntas y las respuestas deben operar como un compendio de las tácticas y las estrategias que los pueblos deben elaborar para responder acertadamente a los interrogantes planteados: “¿qué es ser luchador social o revolucionario en la América Latina de nuestros días?, ¿qué debemos hacer para acumular fuerzas y no dejarnos aislar?” Las respuestas, por supuesto, no pueden conducir a la formulación de nuevos catecismos. Veamos. La primera pregunta sería sobre cuál es el peligro mayor que enfrentan los pueblos de Nuestra América en la actual etapa de su historia.

La respuesta no puede ser dada, evidentemente, en función de los esquemas sociopolíticos anteriores a la globalización. No es tan simple como decir que “existe una contradicción fundamental entre los pueblos y los imperios”, porque el imperialismo ha cambiado, ha evolucionado y exhibe hoy nuevas concepciones, nuevas políticas y nuevos métodos. Antes, frente al imperialismo del mundo bipolar, la lucha estaba planteada, sobre todo, en términos de dominación o influencia política, explotación de recursos, explotación financiera o intercambio desigual. En nuestros días, el imperialismo de la globalización nos enfrenta a un fenómeno más profundo que consiste, antes que nada, en la disolución de los Estados nacionales de los países periféricos. Esta disolución no significa la desaparición de las denominaciones nacionales con sus símbolos e instituciones o la prescindencia de gobiernos locales; mucho menos la liquidación de su existencia geográfica, con límites marcados y colores en los mapas. Los estados se preservarán, eso sí, como fuerzas de control internas, pero totalmente vaciados de contenido. No hablamos solamente de control político o absorción de las riquezas nacionales, sino de la cancelación de la evolución histórica, similar a lo que ocurrió con la conquista colonial. No es algo tan abrupto como un golpe de Estado. Hablamos de un proceso. En términos actuales, eso ocurrió en la Argentina, salvada, al menos por ahora, por la aparición del actual equipo de gobierno; eso ha ocurrido en México y está a punto de ocurrir en Centroamérica. Hablamos de la desaparición o cancelación, por tiempo indefinido, de esos atributos esenciales que le otorgan el poder a los pueblos para definir su destino, aun mediando luchas internas.

El enemigo principal de nuestras naciones es el imperialismo, que se ha convertido en el enemigo principal de todas las fuerzas y clases sociales interesadas en mantener esos atributos, en preservar las patrias como el patrimonio político y social que nos heredaron todos los que contribuyeron a lo largo de la historia a sus construcciones humanistas: obreros, campesinos, profesionales y técnicos, maestros e intelectuales, pensadores, dirigentes espirituales y empresarios patriotas. Ese enemigo principal que conocemos ha ampliado el rango de los luchadores sociales, desde el momento en que intenta liquidar intereses, instituciones, clases sociales o valores profundamente adscritos a esos conceptos que llamamos pueblo y patria. Allí está la contradicción fundamental de nuestro tiempo. Nos preguntamos ahora: ¿Qué debemos hacer a fin de sumar todas esas fuerzas sociales y dar un combate exitoso contra el enemigo principal?

Pensamos que la lucha que enfrenta clases sociales antagónicas, no ha desaparecido. Esta lucha constituye un dato objetivo de la realidad social, que trasciende cualquier voluntad o intención política. Pero aquellos que ponen el énfasis en esa contradicción, al punto de convertirla en el eje central de sus luchas, pierden de vista que, en la actual coyuntura, sólo un bloque de fuerzas patrióticas es capaz de crear el valladar necesario para impedir que nuestras naciones desaparezcan como estados independientes. Comprendemos que este bloque no está exento de complejidades y contradicciones. Por ello, su edificación sólo puede ser el resultado de un acto de inteligencia y flexibilidad política al que se apliquen los luchadores sociales y sus aliados más cercanos, tomando en cuenta las particularidades nacionales. Existen, desgraciadamente, prácticas arraigadas que tienen que ver con el sectarismo, el dogmatismo y el espíritu maniqueo. Pero no deseamos descalificar a nadie. Decimos solamente que este asunto debe discutirse con profundidad entre aquellos realmente interesados en evitar que la globalización dé cuenta de nuestras naciones.

En este sentido, existen en Nuestra América nuevas experiencias sociales, como las de Argentina, Brasil o Venezuela, donde la vida marcha por delante de nuestras elucubraciones o predicciones. Estos países, junto a Cuba y su Revolución Socialista, marchan en la primera fila de un nuevo concepto de alianzas posibles, con el fin de cerrarle el paso a los que quieren tragarse a América y liquidar todo lo valeroso, heroico, noble, progresista y humano que, en medio de insólitas dificultades, han logrado construir nuestros pueblos. Pensamos nosotros que todas las personas progresistas deben estar allí, contribuyendo a consolidar esas nuevas alianzas, a alentar a los gobiernos que se propongan defender la dignidad y la integridad nacional, a no deponer su voluntad patriótica, a hacerles sentir el respaldo de las grandes mayorías. Esta es, según nuestro modesto concepto, una tarea revolucionaria.

Cabría otra pregunta, en el sentido de si este esfuerzo elimina o liquida indefinidamente las aspiraciones de transformaciones sociales profundas en beneficio de los pueblos, sobre todo aquellas que provienen de los grupos más explotados y marginados y en general de los trabajadores.

Una sociedad más igualitaria y justa y el socialismo como aspiración de muchos hombres y mujeres, no han desaparecido ni desaparecerán jamás. Mantener viva esa aspiración es un derecho legitimo. Pero son demasiadas y muy complejas las tareas por cumplir ahora, antes de que esa meta aparezca con claridad en el horizonte. Porque el socialismo no es, como creyeron muchos, la simple transformación del régimen de propiedad y de las relaciones de producción, cambios que bastaban para transformar la conciencia. Esta visión mecánica, como lo expresamos hace muchos años, fue un elemento nefasto en la práctica del socialismo real. Los pueblos sólo defienden y hacen suyos los conceptos y las ideas que están sólidamente adheridos a sus conciencias. El altruismo, la solidaridad, el amor por los semejantes y el sacrificio personal en pos de esos ideales, no surgen en los pueblos o en los hombres de una manera natural y espontánea. Insertarlos en la conciencia para que se expresen con naturalidad, es una tarea en la que el pensamiento humanista y socialista adquiere una función eminentemente docente. Es la conversión de la vida social en una inmensa aula, conmocionada por la lucha y el más rudo aprendizaje. Es necesario comprender, sin embargo, que no todas las clases o las fuerzas sociales que participan de la acción patriótica, están interesadas en el socialismo. Tampoco es necesario. Lo importante es que por un prolongado período histórico, los componentes de eso que denominamos bloque patriótico podemos marchar unidos. Esa unidad debe concretarse realizando una especie de “pacto social de largo alcance”, suscrito entre los trabajadores manuales, intelectuales, los empresarios patriotas y el estado. Este pacto incluye el pleno acuerdo sobre la defensa de la dignidad y el interés nacional, una tarea práctica que implica, naturalmente, el desarrollo y fortalecimiento de un capitalismo nacional. Frente al capitalismo salvaje de la globalización, muchos de nuestros pueblos pueden hacer suya la tarea de construir un capitalismo nacional pactado, donde el Estado asegure la gestión de las empresas designadas como estratégicas, impulse las inversiones privadas y garantice la plena participación de los trabajadores en las decisiones políticas y la distribución de la riqueza. ¿Cuál será el programa, las etapas, los compromisos o el equilibrio de las fuerzas? Son interrogantes que sólo pueden ser resueltas por cada pueblo.

El último interrogante no puede dejar de interesar a tantos economistas. ¿Si muchos países del continente optaran por un proyecto semejante, qué viabilidad económica y política tendría? Ningún país puede proponerse seriamente crecer y desarrollarse, mientras pese sobre sus espaldas el fardo de la deuda externa. Con esa carga, que ya ha sido pagada varias veces, ningún gobierno puede tomarse seriamente la tarea de vencer la pobreza y enfrentar las tareas del crecimiento. Los países latinoamericanos no sólo se descapitalizan por la carga de la deuda, sino por la creciente fuga de capitales y cerebros. Los dineros de capitalistas y grandes empresas depositados en los bancos del mundo desarrollado, superan con creces el total de la deuda externa. Mientras en los foros internacionales se clama por la llamada inversión extranjera directa, nuestras naciones se convierten en exportadoras netas de capital. Sin embargo, nuestros países poseen riquezas naturales y recursos casi inagotables, que pueden ser aprovechados para sustentar el fortalecimiento de un capitalismo de Estado y un capitalismo privado nacional que, con el respaldo y el impulso estatal, sean una fuente de estímulo para los capitalistas locales y los inversionistas foráneos.

La propuesta es simple, pero su aplicación llena de obstáculos. No es una tarea complicada, pero es extremadamente lenta y sujeta a miles de pruebas. Hay, eso sÍ, un requisito. Los gobiernos deben convencer a los inversionistas extranjeros de la seguridad de invertir en países donde los trabajadores y el Estado están directamente interesados en el resultado positivo de sus inversiones.

Cuba, donde no existe una clase propietaria a la cual recurrir, le propuso a inversionistas y empresarios extranjeros impulsar proyectos altamente beneficiosos para ambas partes, que Cuba respeta escrupulosamente. Pero ahora es Estados Unidos el que nos lanza propuestas, como el TLCAN a México, el CAFTA a Centroamérica y el ALCA al conjunto de naciones latinoamericanas, con la excepción de Cuba. Son tan brutales y desproporcionadas estas propuestas, son tan alejadas de las justas aspiraciones de nuestros pueblos, que de cumplirse y aplicarse casi todo lo que hemos dicho tomará un rumbo diferente. Porque el hambre, la miseria, la insalubridad, la marginalidad y la indignidad, no esperarán a que culminemos pactos como el que hemos planteado. De modo que lo expreso sin dramatismo y con profunda seriedad: si esas propuestas terminan imponiéndose, sus mentores estarán poniéndole un fusil en las manos a las juventudes latinoamericanas y esta vez, creo yo, Ernesto Guevara no morirá en Ñancahuasú.

Álvaro Montero Mejía (El Salvador, 1940). Abogado, economista y político salvadoreño-costarricense. Estudió Leyes en la Universidad de Costa Rica y Ciencias Políticas y Cooperación Internacional en Francia, en donde obtuvo un doctorado en Economía Política en la Universidad de París. Residente en Costa Rica desde su infancia, fundó el Partido Socialista Costarricense y la coalición “Pueblo Unido”, que lo llevó a ser diputado entre 1982-86. Es productor del programa “Diagnóstico” en el canal 13 de Costa Rica desde 1990 y autor de varios libros, el más reciente. La Globalización contra los Pueblos. Fue merecedor del Premio Nacional de Cultura “Joaquín García Monge”. Este trabajo suyo que ahora publicamos fue presentado originalmente como ponencia ante el foro de economistas sobre globalización económica, celebrado en febrero de 2004 en La Habann Cuba.

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